jueves, 4 de marzo de 2010

Mi presente / Fragmento ( Traducción de Pere Bessó).

Este presente hermoso, lo encontré en mi correo. Ahora lo publico aquí, en espontáneo agradecimiento a tan fino detalle.
Muy agradecida!!!!

"Por azares de la red, buscando saber quién me solicitaba amistad a través de feisbuc, he encontrado la revista "La Mancha" y una poeta, Amanda Espejo. Me gustó. Pero me agradó sobremanera el texto "fragmentario", deliberadamente unitario, sin embargo. Acá te va en mi lengua literaria, catalán.
Tómalo como un mimo, en prenda de amistad literaria.
Mis respetos".

Pere Bessó
perebesso@hotmail.com
http://perebesso.blogspot.com




UN POEMA D’AMANDA ESPEJO TRADUÏT AL CATALÀ PER PERE BESSÓ


FRAGMENT


(...) el sentia arribar,
el sentia caminar per la resta de la casa
(les taules del pis cantaven els seus peus.)
Llavors,
jo m’arrupia al llit
m’entortolligava com gata calenta
a l’aguait del llindar...
En acabant,
cruixia el sostre
feia refilets un ocell
lladrugava un gos
plorava un infant
xiulava el vent...
i la meua frustració, sense alé
començava a desaiguar
lenta,
lenta,
tèbia i lenta
per l’entremig de les meues cames (...)



FRAGMENTO


(...) lo sentía llegar,
lo sentía caminar por el resto de la casa
(las tablas del piso cantaban sus pies).
Entonces,
yo me agazapaba en la cama
me enroscaba en mí como gata caliente
al acecho del umbral...
Luego,
crujía el techo
trinaba un pájaro
ladraba un perro
lloraba un niño
silbaba el viento...
y mi frustración, sin aliento
comenzaba a desaguar
lento,
lento,
tibio y lento
por entre mis piernas (...)



Amanda Espejo
De mi libro en ciernes NO HAY MÁS QUE ESTO.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mi añoranza / El "Antes"




EL “ANTES”


Déjame permanecer en el Antes...

Mis dos piernas anudadas
alrededor de tu cuello.

Deja que anule las horas
y las certezas del día.

Tu boca engolosinada
en la cúspide de mi seno.

“El viento trae caricias
montadas en hojas secas...”

No obstante...

... Antes...

¡De mieles era mi nombre
bendecido en tu garganta!

Mi cintura, espiga leve
doblegándose al deseo.

(Por cinco dedos que bajan
otros tantos ya han subido)...

HOY no existo, vivo en ANTES

¡Que continúe el galope
sobre mis ancas sublevas!

¡Ahora!

Y...

...Antes, exprímeme la dulzura
contraviniendo al tiempo,
a mi dolor y a tu olvido.




Amanda Espejo
Quilicura, enero - 2010

Fotografía: Amanda

miércoles, 3 de febrero de 2010

Mi pedido / Ángeles



ÁNGELES


¡Ángeles, necesito ángeles!
Exactamente como lo oyen:
aquellos seres alados que nos guardaron de niños.
En cantidad moderada:
no más de cuatro o cinco,
no es cuestión de avaricia ni de exigir privilegios
sino, de urgencia y carencia.
Eso sí, no me sirve cualquiera:
quiero a los paladines de las virtudes postergadas
o simplemente desechadas,
ante lo incómodo de amar.

En primer e irrevocable lugar
quiero al de doble dádiva:
Tolerancia y Aceptación,
pues estas marchan tan unidas
como el andar de las piernas,
“que no avanzare una sin el empuje de la otra”
Un empezar de pasos débiles y luego,
con tranco seguro a ganar la primera meta:
la de la propia aceptación.

Y que le siga entonces
aquel que nunca descansa:
el de la vibrante Motivación,
tan vivaz e inquietante como el escudo que porta,
pues, “menos nada se hiciere”
sin el impulso del hacer .
Y no hubiere consecuencia
si no surgiere el motivo en contrapunto a la inercia.

Y ya se viene... (se acerca)
el de todos más valiente:
lleva el logo de la Entrega
bordado sobre sus pendones
a modo de hacerse ver por sus varios enemigos:
el don Miedo y sus criadas,
las eternas Desconfianzas
que no hicieren mella en nada
si no hubieren tambaleado las instancias del creer.

Tras el surco de sus pasos
va sembrando el cuartogénito:
porta en sus dedos la Reciprocidad,
virtud tan escasa de ver como agradable de recibir.
Que no se diere ni un solo beso
sin el anhelo de la correspondencia,
y esta misma, allí muriere si no naciere lo recíproco.
¡Bendición entre bendiciones!

Por último... (si es posible)
quisiera ser señalada
por el de inagotable Asombro.
Que no ha de mirarse en menos
virtud que aparenta sencillo,
pues, no hubiere acontecimiento
ni por virtuoso, ni por perverso,
que causare con sus efectos sobresaltos al corazón
si no los viere primero
la muda admiración de sus ojos.

Ángeles... ¿será que sí existen?
Según la sabiduría popular
“La necesidad crea el órgano”,
por consecuencia, (quiero creerlo)
voy a esperar esta noche con le fé que dan los ensueños
y a mi lado, sobre la almohada
descansará esta plegaria en una hoja de papel.
Porque... ¿quién puede saberlo?
Tal vez, también entre-sueños
pueda encontrar yo una respuesta,
cómo antes, ¿porqué no?
cuando amparada por la inocencia
era capaz de sentir...los secretos
que a mi oído susurraba
un invisible amigo celestial.


* Aquí, en este texto, quise usar un lenguaje clásico, como complemento al tema y para ampliar la capacidad de expresión.



Amanda Espejo
Quilicura, 5 - 8 - 05

lunes, 11 de enero de 2010

Mi insistencia / Premuras





PREMURAS




¡Mira...!
Los cielos se están peleando
y la tarde se repliega arrastrando sus heridas
rojo sangre, rojo vida.

¡Mira...!
La noche se abalanza
hambrienta de sus rosas y las traga una a una
esparciendo la penumbra.

Mira, es el momento...
Despójate de tus nombres y salta dentro del círculo:
voy a bautizarte AMOR.

Anda amor... ¡besa y anda!
¿Qué no ves cómo nos mira el agua?
Envidiosa de mis labios
que pueden beber tus besos,
quisiera volverse lluvia
para deslizar tu cuerpo.

Anda amor...¡toca y anda!
¿Qué no ves cómo nos mira el aire?
Tiene celos de mis manos
enredadas en tu pelo,
quisiera ser un soplido
para acariciarte entero.

Anda amor... ¡siente y anda!
¿Qué no ves cómo nos mira el fuego?
Pálido ante mi rubor,
tibio ante tus ardores,
quisiera tornarse flama
para crepitar de amores.

Anda amor... ¡trepa y anda!
¿Qué no ves cómo nos mira la tierra?
Asombrada de la danza
de tu cuerpo en mis caderas,
¡Cómo añora ser mujer
a la espera de tu siembra!

Anda amor... ¡gime y anda!
¿Qué no ves cómo nos mira el alba?
Como tú, no ha visto a nadie
tan hermoso, tan intenso,
quisiera detener las horas
y prolongar el momento.

Anda amor... lento... calma...
¡Mira!
Los cielos se han despertado
y su brillo parte en dos la cadena de tus brazos.
Dame mis ropas, ponte tu nombre y mírame...

(...deja que empape mis ojos...)

El círculo se ha apagado:
date la vuelta y ¡ANDA!



Amanda Espejo
Quilicura / 2005




Imagen de mujer con abanico:

(Mi) cro / Tarde



TARDE




Oscar Robles, perro oblongo, óleo/papel, 2009


Para cuando la perra vieja dejó de pillarse la cola...ya era demasiado tarde.


Amanda Espejo
Quilicura, 2009

martes, 5 de enero de 2010

Mi pelea / "El documento"

Por el poema AQUÍ Y AHORA:





T
itulé esta entrada "mi pelea", aunque mas bien debiera decir NUESTRA pelea, ya que después de mucho insistir y "catetear" y hasta "majaderear", hoy llegó a mis manos EL DOCUMENTO. Un simple papel blanco con las palabras y firmas justas y necesarias para acreditar nuestro paso digno por una convocatoria literaria que estuvo a punto de caer en la categoría de " chanta".
Hoy, después de miles de correos entre los seleccionados de varios países, hemos conseguido que nos cumplan con lo pactado y, lo más importante, que siempre se respete la memoria de Victor Jara y de todo chileno cuyo nombre lo llevemos grabado en el pecho con orgullo.
Gracias a todos los compañeros poetas que unieron fuerzas para que esto acabara en buena forma!


Amanda Espejo
Quilicura, Chile

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Mi madre / Inarrugable


INARRUGABLE


E
n algún punto de mi niñez, mi madre tuvo un vestido blanco de terylene.
Es curioso como a pesar de los años, ese vestido permanece incólume en medio de los grises ocultos en cada vericueto de la memoria. Se veía linda mi madre con su melenita corta, pañuelito al cuello y el plisado pulcro de la nueva tela que hacia furor en aquel entonces. Yo solía admirarla de reojo durante las caminatas domingueras que realizábamos desde nuestra casa, situada en calle Herrera, hasta la Quinta Normal.


Todo el trayecto por avenida Portales, era una fiesta de apronte infantil a lo que vendría después, al cruzar el umbral de la Quinta y entrar a ese terreno encantado que marcó los años de mi niñez y de de mis hermanos. Una vez traspasado el límite, nuestros saltos y carreras no cesaban hasta llegar a la orilla de la laguna. Ese era el lugar preferido de ella para sentarse a mirar los botes que se deslizaban sin ningún prejuicio sobre el agua verdosa del estanque artificial.

Así la recuerdo…callada, sentada junto a él (¿cómo se llamaba él?), la hermana menor aún entre sus brazos, tranquila, en el asiento de madera mirando el entorno como si quisiera empaparse de la placidez que la rodeaba. Tan confiable su presencia, como cierta su ausencia. La inocencia infantil no sabe leer los miedos, los ademanes inciertos ni la palabra torpe. Para nosotros, mi madre era sabia, buena y feliz, cómo no, si era tan linda, tenía que serlo de todos modos.

La vuelta a casa solía transcurrir en silencio, como respetando la agonía de una tarde que ya no volvería a repetirse hasta una o dos semanas más. A mí - como hermana mayor - más de una vez me perturbó la tristeza de mi madre al volver a casa. Niña al fin, lo atribuía a una acción solidaria y tan infantil como la nuestra: seguramente, a ella también le disgustaba dejar ese mundo de juegos y aventuras al por mayor. Mas, no había que afligirse: el tiempo pasaría rápido y ya volveríamos a disfrutar de otro domingo en familia. El cumplimiento de una rutina suele dar seguridad a nuestras perspectivas. Lo angustiante sobreviene cuando ella se quiebra.

Un día cualquiera, sin numeral preciso, mi madre no volvió a casa y nosotros, sus cuatro hijos, buscamos en vano los recuerdos necesarios para sobrevivir a su falta. Recorrimos cada vez que pudimos, la ruta de la infancia, con la secreta esperanza de recuperarla allí, en algún recodo manchado de incertidumbre. Nunca lo logramos. Cada vez que creímos verla, ella se desvaneció frente a nuestra angustia, apurando el ondear de su vestido blanco.

Mi madre temía a los gritos, a los insultos, a la pobreza y a las arrugas; tal vez por ello se negó a que la viéramos envejecer y se marchó en busca de un barquito de papel que la remontara por unas aguas más tranquilas.

No fue sino hasta lo inevitable que volvimos a verla. Mejor dicho, volví, porque ninguno de mis hermanos fue capaz de ir a reconocerla a la morgue de la posta tres. Aún recuerdo el sonido del metal al deslizarse la bandeja con su cuerpo exánime. Mi madre estaba allí, enjuta, helada y dura, pero, tan placida como si durmiera una reponedora siesta de domingo. No tenía su vestido blanco ni ropa alguna. Le acaricié la frente con cuidado, rogándole que me disculpara por no haber podido encontrado a tiempo y por no haber comprendido su ruego sin palabras. No me respondió. Estaba dormida.


Fallé otra vez. Por más que busqué, me fue imposible encontrar una prenda de terilene. Hube de reemplazarlo por lienzo blanco y un discreto pañuelito de colores. Se veía linda mi madre. Siempre lo fue.



De vez en vez, vuelvo a pasear a la misma Quinta de aquellos años. Todo parece permanecer igual a pesar del ruido de los motores en la avenida, la algarabía de los escolares y lo sucio del aire. La laguna está más pequeña (o mas bien, yo estoy más grande), y los botecitos siguen jugando al marinero con las risas de los niños y el recuerdo de los adultos. Yo me siento en el mismo sitio que lo hacía mi madre y desde allí juego a buscarnos y encontrarnos, ella y yo, entre el gentío, las ramas de los árboles, el chapoteo de los remos, y también, entre los pliegues desarmados de mi vestido blanco. Ya no los hacen como antes.



Amanda Espejo
Quilicura, 27 / Octubre / 2009