jueves, 16 de junio de 2016

Poema BROTES DE HIEDRA VERDE






Me aguardas, madre

inefable, bajo la losa de sombra fría.

No existen flores sobre el plano, pero…aguarda

planté unos brotes de simple hiedra para resarcirte el verde.

Ya no sufras por el gris de tu losa compartida.

¿Notas la lealtad del viejo ciruelo?

Él no te abandona.

Condenado a la misma tierra

no ceja en bridarte su frescura,

su lluvia de pequeños pétalos primaverales

o esos besos en rojo viejo de su fruta madura.

Rojo. Viejo. Como mi sangre, madre. Ésta, tuya y mía.

Huérfanas ambas de los abrazos que nunca fueron:

los límpidos, los serenos.



Me lloro, madre.

Nadie como yo sabe tanto lo que no fue.

Mas soportémoslo.

Aguarda otro tiempo no cifrado y en tanto, solacémonos  

con las otras flores: las tuyas, las mías.

Esas que crecen salvas atrás año conservando en su interior nuestra semilla

y estallan a su vez, de cara al viento

para multiplicarse hasta el fin del tiempo signado.



Soy nuestra jardinera, madre.  La tuya. La mía.

Todavía en mis años maduros escarbo la tierra ansiosa

para que seas testigo de nuestras flores; las tuyas y mías

y compruebes, con alborozo que tanta penitencia no fue en vano.



Aguarda, calma, madre.

Momento habrá en que las respuestas perderán todo sentido

ante la tibieza eterna de un abrazo compartido.

El tuyo. El mío.





Amanda Espejo
Quilicura / junio - 2016






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