lunes, 24 de diciembre de 2018

AÚN SE HABLA DE TI





Se te recuerda, madre. Aunque no puedas saberlo, aún se habla de ti.

Se habla con benevolencia, condescendientemente, como si evadir la historia bastara para borrar el sufrimiento. Así, hablamos de ti, evitando el desgarro, el abandono, la ira por la injusticia de una vida tramposa.

Se habla de ti con pocas y escogidas palabras. Frases que digan poco y callen mucho.

Se te recuerda, amablemente, en base a fragmentos de memoria falseada según el prisma con que se mire.

Se te menciona, insinuando el deseo casi pueril de que, al final del destino, te veremos nuevamente, ¡Dios nos oiga!, en ese cielo inventado por la indefensión de los seres humanos. Y ya no serías tú, sino otra: alba, purgada y renovada.

Yo, tan solo escucho. Quiero creer. Me desmorono.

Dicen, (los que saben), que a los ausentes hay que dejarlos ir: soltar, soltar, soltar…

No se puede soltar lo que llevamos dentro.

Más que un recuerdo, te llevo, madre. Y a tu madre. Arrastro con hilo de oro, de ombligo a ombligo, un camino que consta de tres estaciones: hija, madre, abuela.

Y así como llevo, vivo y revivo cada interrogante, cada culpa, cada sentencia, cada intransigencia del pasado con el empeño de desenrollar esta maraña de espinas, quitarlas una a una y acabar de una vez, en paz.

Cuesta, madre. Cuesta soslayar las noches de insomnio atrapada en lo que no fue.

Cuesta ser parte de tu descendencia. Cuesta llevar a cuestas los estigmas que te marcaron en tu más tierna infancia.

Cuesta ser, desde niña, ciudadana de segunda clase.

-“Toca el timbre de la puerta de servicio, nunca la entrada principal”.

-”Te he dicho una y mil veces que no vengas sin avisar”.

-” Te quedó lindo el vestido, pero lávate el cuello. Lo tienes sucio”.

-“Pobre L…., tanto hijo que tuvo: seis vidas perdidas”.

Cuesta, madre. Cuesta cargar con tus “culpas”, con la parte gris de tu herencia, sin conocer el resto de la historia. Cuesta el reencuentro. Cuesta aún más el perdón.

Se te recuerda madre, por año tras año, presa de un cansancio emocional que deriva en perenne angustia.

Se te piensa a diario, en cada urgencia (en cada ausencia), en cada traspié. En cada pinchazo que nos da la Vida, allí estás tú re-clavando tus espinas en la miseria de mi piel.

Se te sufre. Se te añora. Se te sueña. 

Y por breves y egoístas momentos, se te reinventa… como nunca llegaste a ser.




Amanda Espejo 

Quilicura, diciembre - 2018


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